Por mucho tiempo, quizás durante toda la vida he manejado la idea hermenéutica de lo profundo que es el amor con un otro, pero sobretodo con el otro romántico, el otro sexoafectivo, el otro como una parte faltante y lo cierto es que cuando esta idea se ha quebrado el dolor inmenso y la energía que se lleva ese fenómeno devasta a las personas de maneras que no podría explicar a través de las palabras ni el arte. de alguna forma y en alguna manera se ha plantado una semilla de anhelo constante que crece en terreno fértil acerca de que este tipo de amor en especial era la cúspide de una autorrealización y la guinda de la torta de cualquier vida de cuerpo femenino.
Platón por allá por el 385 a.C. nos contaba a través del discurso de Aristófanes acerca de que en el comienzo existían seres dobles, con dos cabezas, cuatro brazos y cuatro piernas, que al ser tan poderosos, osaron desafíar a los dioses y en castigo por la osadía, Zeus con un rayo los partió en dos, desde entonces cada mitad deambula en una constante búsqueda, desesperados por encontrar lo faltante y sentirse completos y plenos otra vez. Lo tomo como una gran línea editorial, "la búsqueda", como es que gastamos tantas horas de vida, energía, recursos en dar con el "indicado" y creo que ahí es donde está la trampa, porque no es proporcional la cantidad de recursos con respecto al objetivo, con respecto a encontrarlo, debido a que en ese camino hay tanto amor que podemos disfrutar igualmente, de una manera incluso más espontánea y sin una performance constante, que finalmente es lo que más desgasta.
Pero ¿dónde y cuándo se construye esta obsesión?
"Se ubica al amor vinculado al surgimiento del amor burgués, que va de la mano con el desarrollo de la cultura burguesa, representando un cambio en la forma de pensar al amor en Europa en los siglos xiv, xv y xvi, donde el amor y el matrimonio deben de ir de la mano, y las relaciones afectivas quedan marcadas dentro del mandato de la monogamia y la heterosexualidad, y se deja claro a la mujeres que no son dueñas de su cuerpo ni de su sexualidad, es decir, sus prácticas quedan a disposición del marido condenándolas a la pérdida de su subjetividad, a la dependencia de su esposo, quien las subordina, convirtiéndolas en objetos en nombre del amor." -Flores, Verceli
Teniendo este arjé en cuenta, la desventaja a las que nos vemos enfrentadas las mujeres son sustanciales, importantes y violentas, nada alentador pensando en el movimiento que han tenido estos conceptos trayéndolos a la postmodernidad con el fenómeno tradwife y el volcamiento a los "valores esenciales"
Luego de este poco alentador surgimiento, nace el amor victoriano que según Carreño, Henales y Sánchez (2011) los sentimientos y afectos quedan relegados a la esfera más intima, por lo que no se demuestra absolutamente nada y todo es contenido, haciendo aún más difícil el poder estar en igualdad de condiciones, ya que la mujer en ese momento no era publica y no tenía derechos de ningún tipo, sino más bien pasan a ocupar un único y abnegado rol en la sociedad, madres y esposas obedientes, basta con verlo en la obra cúspide de Emily Brönte en donde Cathy genera este nuevo arquetipo de seguir su instinto y la opinión la convierte inmediatamente en una mala mujer.
Al termino de la época victoriana surgen otras oportunidades para las mujeres, en donde gracias a la industrialización por primera vez se ven dentro de la fuerza de trabajo, teniendo cierta autonomía y es donde comienza la búsqueda de igualdad dentro del proceso de amor, con ella la posibilidad por primera vez en la historia de una pseudo posibilidad de escoger a la propia pareja, esta libertad de elección rompe con las normas de endogamia que limitaban la autonomía del individuo y que servían para regular el intercambio de riqueza.
En tanto el concepto que mantenemos por ideal romántico, se desarrolla en torno a una construcción social y no una necesidad, esta se encarga de idealizar, con el objetivo de que los cuerpos femeninos sueñen con la figura del "príncipe azul" proyectando una única y verdadera felicidad potenciada por una entrega incondicional, sumamente dependiente de la figura del hombre, necesitando siempre su protección y afecto. Estos anhelos, vacíos por cierto, hacen surgir otros ideales específicos como el de la maternidad, el matrimonio y la entrega total, donde a menudo las mujeres se ven en serio desmedro perdiendo cosas bastante más sustanciales, como por ejemplo autonomía, libertad económica y salud mental.
Es precisamente en la infancia y la adolescencia donde quisiera detenerme, porque sospecho que ahí existe una de las deudas más profundas del feminismo contemporáneo: hemos avanzado enormemente en decirles a las mujeres que pueden irse, que no deben soportar la violencia, que tienen derecho a estudiar, trabajar, decidir sobre sus cuerpos y construir independencia; pero todavía llegamos demasiado tarde. Llegamos muchas veces cuando la niña ya aprendió que ser elegida es una forma de validación, cuando la adolescente ya entendió que gustar puede ser más importante que gustarse, cuando el amor romántico ya ocupó simbólicamente el lugar de la aventura, la amistad, el conocimiento, la curiosidad y el descubrimiento de sí misma.
Tal vez la pregunta feminista no debería limitarse entonces a cómo construir relaciones amorosas más igualitarias, sino preguntarse antes por qué hemos permitido que una relación sexoafectiva ocupe un lugar tan desproporcionado dentro del imaginario de una vida plena.
Porque incluso cuando hemos desmontado ciertos mitos del amor romántico, continuamos reproduciendo su jerarquía. Podemos decir que una mujer no necesita casarse, pero seguimos preguntándole si tiene pareja. Podemos defender su independencia y, simultáneamente, interpretar su soltería prolongada como una ausencia. Podemos celebrar sus logros académicos, laborales, artísticos o intelectuales y, sin embargo, continuar hablando del encuentro con “el amor de su vida” como si todo lo anterior hubiese sido apenas una antesala.
Y quizás ahí permanece intacta una de las ideas más difíciles de desmontar: no solamente que debemos amar, sino que existe una forma de amor superior a todas las demás.
Desde pequeñas aprendemos una extraña economía afectiva. La amistad puede ser intensa, pero eventualmente deberá cederle espacio a la pareja. La familia puede ser fundamental, pero se supone que llegará un momento en que construiremos “nuestra verdadera familia”. Los vínculos comunitarios son importantes, pero secundarios. Incluso el amor hacia una misma suele presentarse como una preparación: “primero tienes que amarte para que alguien pueda amarte”. Como si hasta el amor propio necesitara justificar su existencia mediante la posibilidad futura de una relación.
¿Y si no fuera así?
¿Y si el amor propio no fuera un entrenamiento para amar a otro?
¿Y si una amistad de treinta años pudiera ser tan trascendente como un matrimonio?
¿Y si criar, acompañar, enseñar, cuidar, crear, leer, viajar, aprender, construir comunidad, amar a nuestras amigas, a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros animales, a nuestros proyectos y al mundo pudiera constituir también una vida afectivamente completa?
Quizás una de las tareas del feminismo con las niñas sea precisamente ampliar su imaginación amorosa.
No enseñarles a desconfiar del amor romántico, sino impedir que toda su arquitectura emocional se construya alrededor de él. Enseñarles que pueden enamorarse profundamente sin convertir ese enamoramiento en el centro gravitacional de sus vidas. Que pueden amar sin desaparecer. Que el abandono no transforma sus vidas en un fracaso. Que no ser escogidas por alguien no significa no ser valiosas. Que una ruptura puede doler de una manera brutal y, aun así, no tiene por qué significar que algo esencial les ha sido amputado.
Y sobre todo, enseñarles que existen muchas vidas posibles.
Una niña debería poder imaginar su futuro pensando en los lugares que conocerá, en las preguntas que todavía no sabe que se hará, en las amigas que tendrá, en aquello que creará, en los libros que leerá, en las causas que defenderá, en las personas a quienes ayudará, en aquello que aprenderá de sí misma. Y dentro de todo aquello, quizás también exista una pareja. Pero debería ser una posibilidad entre muchas y no el argumento principal de la historia.
Porque cuando convertimos el amor romántico en la cúspide de la autorrealización, inevitablemente convertimos su ausencia en déficit.
Y esa ecuación resulta particularmente peligrosa para las mujeres.
Una persona convencida de que encontrar y conservar una pareja constituye una de las experiencias fundamentales de su existencia estará, probablemente, dispuesta a invertir cantidades enormes de tiempo, energía y recursos en conseguirlo. Estará también más expuesta a negociar sus límites, posponer sus proyectos o prolongar vínculos que ya no le hacen bien, porque abandonar la relación no significa solamente perder a alguien: implica también renunciar al proyecto de felicidad que culturalmente aprendió a asociar con esa persona.
Por eso la cuestión no consiste en negar el amor romántico.
Sería absurdo.
Enamorarse puede ser extraordinario. La intimidad, el deseo, la complicidad y la posibilidad de construir una vida junto a otra persona constituyen experiencias profundamente humanas y, cuando ocurren desde la libertad, pueden ser hermosas.
El problema comienza cuando transformamos esa experiencia en la experiencia.
Cuando todos los otros amores parecen satélites orbitando alrededor de ella.
Pienso entonces nuevamente en Aristófanes y en aquellas criaturas partidas en dos, recorriendo el mundo desesperadas por encontrar la mitad perdida. Durante siglos nos hemos contado esa historia con una ternura enorme. Quizás porque existe algo profundamente conmovedor en imaginar que en alguna parte hay alguien capaz de reconocernos de una manera absoluta.
Pero existe también otra posibilidad.
Quizás nunca fuimos una mitad.
Quizás Zeus no partió nada.
Quizás llegamos completos y completas al mundo y lo que hacemos durante la vida no es buscar desesperadamente la pieza perdida, sino construir vínculos.
Algunos duran décadas; otros, una tarde.
Algunas personas nos acompañan durante toda la vida y otras aparecen solamente el tiempo suficiente para enseñarnos algo. Amamos amigas, hermanos, hijos, maestras, amantes, animales, ciudades, ideas y versiones pasadas de nosotros mismos. A veces esos amores terminan. Otros se transforman. Algunos sobreviven incluso a la distancia y a la muerte.
Ninguno necesita convertirse en nuestra mitad para haber sido verdadero.
Tal vez entonces la revolución afectiva pendiente sea abandonar la búsqueda como línea editorial de nuestras vidas.
Dejar de preguntarnos constantemente si encontraremos a alguien y comenzar a preguntarnos qué clase de existencia queremos construir.
Porque una vida entera dedicada a encontrar al “indicado” puede hacernos pasar por alto algo mucho más radical: ya estamos rodeadas de amor.
Está en las amigas que llegan sin que se lo pidamos. En quienes cuidan cuando estamos enfermas. En las conversaciones que duran hasta la madrugada. En una madre, una hija, una hermana. En una profesora que creyó en nosotras. En alguien que nos recomienda un libro pensando que podría gustarnos. En una comunidad que nos sostiene cuando individualmente ya no podemos más. En el placer de nuestra propia compañía. En aquello que hacemos simplemente porque nos hace sentir vivas.
Quizás no necesitamos amar menos.
Quizás necesitamos amar de manera más extensa.
Desjerarquizar los afectos.
Permitir que el amor romántico abandone el trono y se siente, finalmente, a la mesa junto a todos los demás.
Y tal vez esa sea una de las cosas más amorosas que el feminismo puede entregarles a las niñas: no la promesa de que algún día encontrarán a alguien que las complete, sino la certeza de que sus vidas pueden ser inmensas incluso antes de que alguien llegue, incluso después de que alguien se vaya y, por supuesto, incluso si nadie llega jamás.
Que enamorarse sea una posibilidad maravillosa.
Pero nunca una obligación.
Nunca una medida de éxito.
Nunca la condición necesaria para considerar que una vida ha sido plenamente vivida.
referencias:
Carreño-Meléndez, J., Henales-Almaraz, M. C., & Sánchez-Bravo, C. (2011). El amor desde un enfoque psicológico. Perinatología y Reproducción Humana, 25(2), 99–108. https://www.medigraphic.com/pdfs/inper/ip-2011/ip112g.pdf
Flores Fonseca, Verceli Melina. (2019). Mecanismos en la construcción del amor romántico. La ventana. Revista de estudios de género, 6(50), 282-305. Recuperado en 22 de agosto de 2026, de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1405-94362019000200282&lng=es&tlng=es.
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